La decisión de implementar un ERP suele aparecer en un punto de inflexión: la empresa ha crecido, los procesos dejaron de fluir con naturalidad y la operación comienza a sentirse más pesada de lo necesario. Surgen reprocesos, información duplicada y una sensación constante de esfuerzo operativo que no se traduce en control real.
En ese escenario, el ERP suele percibirse como la respuesta lógica. Una herramienta que debería ordenar la operación, automatizar tareas y devolver claridad a las decisiones.
Sin embargo, existe una realidad que muchas organizaciones descubren tarde: un ERP no siempre simplifica. Cuando se implementa sin un marco estratégico claro, puede incluso aumentar la complejidad y generar nuevas fricciones operativas.
El problema rara vez está en la tecnología. Está en cómo se comprende el rol del ERP dentro de la estrategia empresarial desde el inicio.













